Foto de portada: Cortesía de Louis Jammes. Ted Parker (lado derecho) junto a un grupo de observadores de aves en la meseta de Caparuch.
La Asociación Armonía cumple 30 años de trabajo este 12 de agosto. Tras tres décadas —marcadas por hitos como haber frenado la extinción de la Paraba Barba Azul en los Llanos de Moxos (Beni)—, la institución reafirma el propósito que ha guiado su camino desde su fundación: crear un equilibrio entre la naturaleza y las personas para conservar las especies de aves más amenazadas del país.
La iniciativa germinó a principios de la década de 1992 impulsada por Louis Jammes, un piloto francés radicado en Bolivia durante cuatro décadas, junto a un entusiasta grupo de estudiantes de Biología de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno (UAGRM) en Santa Cruz de la Sierra, entre quienes figuraba Éricka Cuéllar, hoy una reconocida bióloga y conservacionista boliviana.
En enero de 1993, el equipo inició sus primeras actividades para despertar el interés por las aves y difundir la riqueza de la avifauna nacional, en una época donde el ecologismo y la protección del medioambiente apenas comenzaban a ganar espacio en el debate público. Tras consolidar sus primeros proyectos, la organización obtuvo formalmente su personería jurídica el 12 de agosto de 1996 como Asociación civil Armonía, fecha que marca el inicio de su trayectoria institucional.
La Paraba Barba Azul, una historia de éxito
Para el actual director ejecutivo de la institución, Rodrigo W. Soria Auza, el principal motivo de orgullo en estas tres décadas radica en haber alcanzado un hito excepcional en el ámbito de la conservación mundial: revertir la tendencia poblacional de la Paraba Barba Azul (Ara glaucogularis), una especie al borde de la desaparición.
«A inicios de los años 80 se pensaba que la Paraba Barba Azul ya estaba extinta. Para la década de 1990 sólo se conocía de muy pocos individuos y a comienzos de los 2000 algunas instituciones estimaban que no quedaban más de 125 o 150 en vida silvestre», explica Soria.
Sin embargo, luego de casi 30 años de acciones sostenidas de protección del hábitat, instalación de cajas nido, monitoreo científico y trabajo con las comunidades locales, los resultados son contundentes. En el censo de 2015 se estimaba que la población rondaba entre los 315 y 450 individuos; diez años después, los datos de 2025 demostraron que la especie logró duplicar sus números, alcanzando casi los 800 ejemplares.
«Es un logro que muy pocas organizaciones conservacionistas en el mundo consiguen», destaca Soria, y añade que esta misma tendencia positiva se está replicando con la Paraba Frente Roja (Ara rubrogenys), otra de las especies emblemáticas y amenazadas de Bolivia.
Conservación con rostro humano y gestión comunitaria
Este impacto no habría sido posible sin un cambio de paradigma en la relación con las poblaciones locales. Para Iván Pérez Hurtado, director administrativo de Armonía, la clave del éxito institucional radica en haber superado los modelos tradicionales de conservación.
Un ejemplo emblemático de este enfoque ocurrió en 2005, cuando la institución impulsó la creación de la Reserva Natural Comunitaria Frente Roja (de 50 hectáreas) —el sitio de anidación más importante conocido para esta especie—, iniciando un trabajo conjunto con las comunidades de San Carlos, Perereta y Amaya. Con el paso de los años, ese proceso permitió que las tres comunidades no solo asumieran la propiedad de la reserva, sino también su gestión directa.
En lugar de imponer restricciones, la apuesta se centró en impulsar el turismo comunitario y la observación de aves, permitiendo que los propios pobladores encontrarán en la protección de la Paraba Frente Roja una oportunidad concreta de desarrollo socioeconómico y liderazgo.
«Nosotros no vamos con una receta para preservar especies amenazadas. Primero entendemos a las comunidades, cómo piensan y cuáles son sus necesidades», explica Pérez.
A su juicio, esa forma de trabajar es precisamente lo que ha distinguido a Armonía a lo largo de su trayectoria. Mientras que muchas iniciativas de conservación fracasan al nacer «desde una torre de marfil» e intentar implementarse sin la participación real de los actores locales, la institución procura comprender el contexto social y construir soluciones de manera conjunta con la gente.
“Armonía es una organización que piensa que el ser humano y la naturaleza pueden vivir en armonía. Podemos coexistir con el medio ambiente sin destrozarlo. El ser humano necesita producir, necesita comer, tiene sus objetivos económicos y de vivir mejor, y eso está bien; se puede generar una economía basada en el respeto y la protección al medio ambiente”, explica Pérez.
Bajo este principio de ponerse en el lugar del otro y actuar sobre el terreno, Armonía decidió ser un actor práctico en la dinámica socioeconómica local. Para generar un verdadero equilibrio, la institución administra directamente un emprendimiento aviturístico y ejerce la ganadería en un escenario donde el manejo responsable del ganado en pastos nativos cobra sentido dentro del ecosistema.
“La clave es que no somos una ONG teórica, somos una ONG práctica. Tenemos presencia en el territorio, trabajamos en el territorio, hacemos ganadería. Con los productores y ganaderos del Beni la gran cosa es que no nos ven solamente como una institución de conservación que habla de los ‘pobres pajaritos’, nos ven como ganaderos. Y cuando estás haciendo ganadería, hablas un idioma diferente”, subraya Tjalle Boorsma, director de Desarrollo de Armonía y presidente de la Alianza Eco-Ganadera Beni, una iniciativa promovida por Armonía que articula a productores del departamento beniano para implementar una ganadería sostenible compatible con la protección del hábitat de las aves.



